Muertes que salvan vidas

“Retiré el corazón afectado y quedó vacía la cavidad pericárdica. Coloco el trasplante, suturan la aurícula izquierda. El nuevo motor encaja sus muñones con la aorta, la arteria pulmonar y las aurículas izquierda y derecha. Me separo a ver, pero no arranca. Transcurren cinco, diez minutos. Es mucha la tensión. Todo el mundo está viendo la operación, hasta mi familia, por el televisor en el piso 24 del hospital. Lo empiezo a tocar tratando de revivirlo, pero no responde, y entonces se me ocurre aplicarle un shock eléctrico, como el que se practica ante un paro, e inmediatamente arrancó. Aquello fue tremenda alegría”.

Así narraría a la prensa su primera experiencia en la trasplantología cardíaca el Doctor en Ciencias Noel González Jiménez. Corría la noche del 9 de diciembre de 1985, fecha en que ninguno de los autores de este reportaje había nacido.

No es posible recordar entonces el júbilo de un país que se convertía en el primero del tercer mundo en realizar este proceder quirúrgico, pero fue suficiente el tiempo de vida de Jorge Hernández Ocaña —receptor— para que uno de nosotros le conociera, y diera fe de cuán normal y feliz vivió después de aquellas jornadas en el Hospital Hermanos Ameijeiras de La Habana.

El Doctor en Ciencias Noel González Jiménez junto a Jorge Hernández Ocaña, primer cubano con trasplante de corazón. Foto: Tomada de Internet

El Doctor en Ciencias Noel González Jiménez junto a Jorge Hernández Ocaña, primer cubano con trasplante de corazón. Foto: Tomada de Internet
Sin embargo, mientras un país en vilo seguía el exitoso proceder cardiovascular, en el mismo centro asistencial una familia lloraba a un ser querido, de quien Hernández Ocaña nunca supo el nombre, pero estuvo agradecido siempre, porque fue la muerte de aquel la que salvara su vida.

MUERTES QUE SALVAN

Mientras se enjuga las lágrimas ve los últimos atisbos de vida de su hijo a través del cristal. Casi siente a su lado el acelerado latir del corazón. Llueve y apenas alcanza a divisar el parpadeo rojizo de las luces de la ambulancia. “Otras madres no llorarán como yo hoy” se dice para sus adentros.

Ha perdido a su hijo. Muerte cerebral diagnosticaron los médicos y por más dura y difícil que fue la conversación, ella accedió a donar sus órganos. No sabe si los receptores son hombres o mujeres, jóvenes o niños, pero tiene la certeza de que alguien vivirá; que mientras ella aprenda a lidiar con la ausencia de su bebé y permanezca insomne en las noches por el dolor y el recuerdo, otra madre podrá, al fin, dormir tranquila.

Se requiere mucho valor para no sucumbir al egoísmo y la culpa tras el fallecimiento de un ser querido. Acceder a donar los órganos no es una decisión fácil. Se lee fácil sí, sin el pesar del momento, sin estar en la piel ajena, pero cuando hiere profundamente la pérdida de alguien amado, cualquier intervención en su cuerpo puede sonar, supersticiosamente, a profanación.

A pesar del dolor, los doctores hablan de donación de órganos, de salvar vidas, de personas en hemodiálisis necesitadas de riñones, o esperando por un hígado, un corazón, pero “yo solo pensaba en la ausencia de mi hermana. Finalmente acepté. Hoy lo haría nuevamente sin pensarlo tanto. Me parece que es la mejor forma de saberla todavía viva”, recuerda Hilda López Ramírez.

“Accedí porque recordé cuán bondadosa y solidaria fue en vida, y cuánto lo seguiría siendo después de muerta. Hoy siento un poco de consuelo porque otras personas recibieron de ella un último regalo: la oportunidad de seguir viviendo”, concluye.

Cuando un paciente es diagnosticado con muerte encefálica, pueden usarse los órganos y tejidos en otros aquejados que esperan por un trasplante. Desde la década del 70 del pasado siglo, Cuba realiza procederes de este tipo, y ya suman 4 mil 750 los realizados.

Cienfuegos sobresale no solo por la veintena que efectúa anualmente, sino además, porque en doce años de servicios, solo dos familias han dicho que no a la donación.

Tal cifra coloca al territorio a niveles de países desarrollados y más que un número frío, constituye una muestra de la solidaridad de su gente y el tacto de sus médicos.

El doctor José Roque Nodal Arruebarruena, al frente de la coordinación de Donación y Trasplante de Órganos del Hospital Provincial Dr. Gustavo Aldereguía confirma que la prestancia, profesionalidad, ética y herramientas comunicativas son imprescindibles en este momento doloroso para unos, capaces de convertirse —con un sí— en la segunda oportunidad de vida para otros.

No es una situación fácil, y por eso los médicos deben estar preparados para manejar el momento. Aquí no solo intervienen los conocimientos de Medicina, sino también las habilidades comunicativas, porque no debe olvidarse el momento duro por el que pasa la familia.

“Es un momento muy difícil para los familiares, porque el corazón continúa latiendo y puede verse, incluso, el movimiento del tórax; pero está muerto. El oxígeno artificial y los fármacos permiten el funcionamiento de los órganos, pero ya no hay actividad cerebral. En esas condiciones nunca es cómodo pedir el consentimiento de la familia para iniciar el trasplante”.

La muerte encefálica (cese total e irreversible de la actividad del cerebro) no es lo mismo que el coma, y por tanto existe en Cuba un riguroso protocolo a seguir para determinar cuándo una persona perece por esta causa.

“Los pacientes con esta condición se encuentran muertos y la pérdida de las funciones de todo el encéfalo se erige como el atributo esencial para identificar el fallecimiento con fundamentaciones neurológicas; mientras que los pacientes en estado vegetativo persistente se encuentran vivos al no cumplir criterios de muerte desde el punto de vista neurológico ni cardiovascular; ellos entran en la categoría de enfermos crónicos no terminales”, explica el doctor Ricardo Hodelín, del Hospital Provincial Clínico Quirúrgico Saturnino Lora, en Santiago de Cuba.

“Aquellos con muerte cerebral evolucionan hacia la parada cardiaca en las próximas horas después del diagnóstico” y, por tanto, es preciso lograr la aprobación de los parientes de manera apresurada, para que sea posible usar los órganos y tejidos en buen estado.

Si bien algunos médicos aseguran que un examen clínico puede determinar el fallecimiento del paciente, se realizan otras pruebas instrumentales de soporte diagnóstico. Igualmente para la determinación de los órganos sanos se efectúan otros tests en busca de posibles tumores u otros padecimientos incompatibles con el futuro receptor.

FUENTE: http://www.5septiembre.cu/muertes-que-salvan-vidas/

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